.: Réquiem :.
Por Hoshino Haruka

Sé que me escuchas. Sé que estás ahí. Aguardando. Rezando. Respirando. Sé que tus manos caen a tus costados sin fuerzas, sé que tu espalda duele y que tus pies tiemblan, sé que la cabeza te da vueltas. Pero también sé que eres fuerte. ¿Puedo pedir fortaleza? ¿Podría yo atreverme a pensar que algún día volverán esas piernas a moverse ufanas al compás de una música alegre?

Quisiera darte eso, quisiera por única vez darle algo a alguien, entregarle una sonrisa por cada lágrima que he derramado pensando en ti. Si tan sólo las palabras fueran un barco… podría navegar a ti con los brazos extendidos, te abrazaría con velas hechas de poemas, te llevaría con remos hechos de ilusiones, volaríamos en aquel barco hecho de historias placenteras.

¿Sabes qué haría? Te llevaría a una tierra lejana donde la enfermedad no pudiera alcanzarte, a un mundo donde la muerte estuviera prohibida. Te enterraría en una burbuja de cristal donde sólo estaría tu risa… donde reflejaría tu cara en cada ángulo del cristal.

¿En verdad tienes que irte? ¡Déjame llevarte lejos! Demoremos la partida, digamos adiós al hasta luego, seamos una nube que nubla el cielo para que la tristeza no pueda hallarnos. Seamos las gotas del mar para que nos perdamos en lo inmenso. Nademos lejos.

Si tu corazón fuera aquella ave fénix no lloraría por tu muerte, sabría que tus cenizas se convertirán en un nuevo cuerpo, feliz y sano. ¿Es que no podemos cuidarte como si fueras un huevo para que crezcas alejada de todo? ¿Es que no podemos aislar el dolor de tu cuerpo, ni el pesar del alma?

Dime que es mentira. Dime que cada célula muerta es sólo una forma de dejar atrás lo malo, prométeme que aquello que expiran tus labios no es tu último aliento, jura que tus manos no se pondrán más frías.

No importa ya ¿sabes? No importa si no puedo oírte, sino puedo verte, sino vuelvo a leer tus preciosas ideas que formaban el velero más grande. No importa si la distancia se vuelve inmensa, o si se abre una grieta que se lleve mi esperanza al precipicio. Quiero que seas feliz, es lo que importa, es de lo que se trata todo esto; vive, es lo único que deseo, seas una estrella… seas un pensamiento o un alma. Crece de nuevo, ¡no te marchites! No permitas que tus aterciopelados pétalos caigan en una fúnebre danza, no dejes que tu último soplo de vida sea para siempre un cadáver.

¡No seas eso! ¡No empalidezcas, no dejes de mirarme! ¡ABRE LOS OJOS! ¿Es que ya no puedo oírte? ¿Es que tu garganta se quedó muda? ¿A dónde te has ido?

¿En verdad me has dejado?

¿Ya no duele verdad? No… ya no duele… lo sé porque has dejado de llorar, ya no oigo tus sollozos, ya no veo tu rostro contrayéndose con espasmos atormentadores. ¿Estás mejor ahora verdad? Entonces no sé porqué sigo llorando… si ya no duele, si ya no atormenta, si ya no lloras…

Veo tu cara y ahora lo entiendo: me has dejado.

 


Notas:

Hoy que me puse a revisar mis “escritos sin trama” me topé con un archivo que se llamaba “Réquiem” —hay veces en que a esos archivos les pongo el primer nombre que me llega a la cabeza—, lo abrí y resulta que era una especie de carta que escribí en uno de mis momentos “no-quiero-que-mi-abuela-muera”. Obviamente me puse a llorar como Magdalena, primero porque el escrito era muy lacrimógeno, y después porque todo eso que yo temía ahora está aquí, y por más que trato de mantener la cabeza fría me cuesta muchísimo adaptarme a la vida que llevo sin ella.

Algo curioso es que la carta está enfocada a la enfermedad, mi abuela no murió por enfermedad, pero cuando hice esto ella aún estaba viva, por eso quedó así la carta.

 

 

Por Hoshino Haruka

© 2006-2009
Agosto 5, 2006